Legal English: ¿qué nivel de inglés piden hoy los estudios jurídicos y cómo se mide?

Leer un contrato en inglés y comprender su contenido no significa necesariamente poder discutir una cláusula con un cliente extranjero.

Esa diferencia explica por qué los estudios jurídicos que trabajan con operaciones internacionales, arbitrajes o compañías multinacionales no suelen evaluar el idioma como un dato binario —“sabe” o “no sabe”—, sino como una competencia profesional con distintos niveles.

En Chile, distintas búsquedas laborales para abogados ya incorporan el inglés entre sus requisitos, especialmente en estudios internacionales o posiciones vinculadas con clientes extranjeros. La exigencia cambia según el puesto: no necesita la misma soltura quien revisa documentación que quien debe negociar, participar en reuniones o redactar directamente para un cliente.

Del B2 al C1: ¿qué significan realmente esos niveles?

Cuando una oferta pide B2 o C1 normalmente utiliza como referencia el Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas (MCER), desarrollado por el Consejo de Europa. Esta escala organiza la competencia lingüística en seis niveles: A1, A2, B1, B2, C1 y C2.

Antes de postular a una posición internacional conviene determinar qué nivel de inglés se tiene realmente, porque la diferencia entre B2 y C1 puede ser especialmente importante dentro del ámbito jurídico.

En términos generales, una persona con B2 puede comprender textos complejos relacionados con su especialidad, mantener conversaciones con cierta fluidez y producir textos claros. En C1, en cambio, se espera que pueda comprender materiales extensos y exigentes, captar significados implícitos y expresarse de manera espontánea y precisa en contextos profesionales.

¿Por qué un estudio puede pedir C1?

El trabajo jurídico tiene una característica que vuelve especialmente relevante el dominio del idioma: la precisión.

Un abogado puede necesitar interpretar una cláusula indemnizatoria, discutir el alcance de una obligación, redactar una comunicación sin ambigüedades o responder en tiempo real durante una negociación. En arbitraje internacional también puede tener que seguir exposiciones extensas, tomar notas y formular argumentos sin traducir mentalmente cada frase.

Por eso, un B2 puede resultar suficiente para determinadas tareas de lectura, correo y reuniones previsibles, mientras que un C1 cobra más sentido cuando el puesto exige negociación compleja, redacción autónoma o interacción frecuente con clientes extranjeros.

El abogado que entiende todo, pero no habla

Este perfil es relativamente común: profesionales capaces de leer contratos, jurisprudencia y correos sin demasiadas dificultades, pero que pierden seguridad cuando deben intervenir oralmente.

El MCER ayuda a entender esta diferencia porque no mide el idioma como una sola habilidad. Distingue comprensión, producción, interacción y mediación. Una misma persona puede tener comprensión lectora cercana a C1 y una expresión oral más próxima a B1 o B2.

En derecho, esa asimetría tiene consecuencias prácticas. Para revisar documentación internacional puede bastar una buena capacidad receptiva. Para negociar una cláusula, explicar un riesgo a un cliente o intervenir en una audiencia, la capacidad de producir el idioma adquiere mucho más peso.

¿Cómo medir el nivel de manera útil?

Escribir “inglés avanzado” en el currículum aporta poca información si después el candidato no puede sostener una entrevista o explicar un contrato.

Lo más útil es evaluar las habilidades por separado: comprensión escrita, redacción, comprensión auditiva y expresión oral. Los exámenes alineados con el MCER también ofrecen referencias más comparables. Cambridge, por ejemplo, vincula B2 First con el nivel B2 y C1 Advanced con el nivel C1, además de entregar resultados diferenciados por habilidad.

Si eres alguien que quiere trabajar con clientes o documentos internacionales, certificar tu nivel puede servir para respaldar formalmente esa competencia y detectar qué áreas todavía necesitan trabajo.

La certificación, sin embargo, no reemplaza la práctica profesional. Un abogado que obtiene un resultado alto pero nunca redacta cláusulas, negocia o participa en reuniones en inglés puede necesitar entrenamiento específico para trasladar ese nivel general al trabajo jurídico.

¿Qué debería poder hacer un abogado en inglés?

Más que concentrarse únicamente en una etiqueta como B2 o C1, conviene preguntarse qué tareas se pueden resolver sin depender constantemente de traducciones.

Un nivel funcional para un entorno jurídico internacional debería permitir leer contratos con autonomía, redactar correos profesionales, comprender reuniones, formular preguntas y explicar riesgos con suficiente precisión.

El nivel exigido dependerá finalmente del puesto. Para tareas principalmente documentales, un B2 sólido puede ser suficiente. Cuando aparecen arbitrajes, negociaciones, reuniones frecuentes o clientes internacionales, el C1 ofrece un margen mucho mayor.

La pregunta clave no es solamente cuánto inglés sabe un abogado, sino hasta qué punto puede ejercer su profesión en ese idioma con la misma claridad y seguridad con la que trabaja en español. Formarse forma parte de un proceso más amplio de profesionalización.

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